miércoles, 6 de enero de 2010

6 de Enero de 1854. Sherlock Holmes

En honor al 156 Aniversario del Nacimiento de Sherlock Holmes (al menos según mi fuente holmesóloga) y a que la película no fue tan mala como yo esperaba (de hecho es razonablemente buena) reedité esta antigua publicación.
Una descripción de las tribulaciones que el buen Doctor Watson tuvo que sufrir mientras compartió habitaciones en el 221 B de Baker Street con el mejor detective de la Historia: Sherlock Holmes.


EL PEOR COMPAÑERO DE ALOJAMIENTO

Una anomalía en el carácter de mi amigo Sherlock Holmes que siempre me sorprendió era que, a pesar de que en su razonamiento se mostraba el más preciso y metódico de los mortales y vestía con cierto remilgo, en cuanto a sus hábitos personales era uno de los hombres más desordenados del mundo, capaz de volver loco a cualquiera que compartiera con él su casa. Y no es que yo sea demasiado convencional a ese respecto, pues mi desorganizado trabajo en Afganistán, unido a una tendencia natural por lo bohemio, han hecho de mí un ser bastante más descuidado de lo que corresponde a alguien que ejerce la Medicina.

Pero yo tengo un límite y, cuando tropiezo con una persona que guarda los puros en el cubo del carbón, el tabaco en las babuchas persas y clava la correspondencia sin contestar con un cuchillo en la repisa de madera de la chimenea, comienzo a darme ciertos aires.

Siempre he mantenido, además, que practicar con el revólver debía ser, claramente, un deporte exterior; de modo que, cuando Holmes, en uno de sus extraños estados de humor, se sentaba en una butaca, empuñaba su revolver y con un centenar de cartuchos Boxer se dedicaba a agujerear la pared de enfrente con un patriótico "V.R." [el monograma de la Reina Victoria "Victoria Rex"] a modo de decoración, no podía menos que pensar que ni la atmósfera ni el aspecto de nuestro cuarto salían beneficiados.

Nuestras habitaciones estaban siempre atestadas de productos químicos y reliquias criminales, que solían extraviarse y aparecer en la mantequera o en lugares aún menos deseables.

Pero mi mayor cruz la constituían sus papeles. Le horrorizaba destruir documentos, en especial aquellos que guardaban relación con sus casos pasados y, sin embargo, raro era que encontrara la suficiente energía como para ponerse a ordenarlos más de una vez cada dos años, pues, como ya he mencionado anteriormente en estas desordenadas crónicas, a los ataques de tremenda energía durante los que realizaba las asombrosas hazañas a las que va vinculado su nombre, seguían periodos de letargo durante los cuales se entretenía con sus libros y su violín, casi inmóvil salvo para ir del sofá a la mesa (...)




*Extracto de El Ritual De Los Musgrave. Ilustración de Sidney Paget.