domingo, 17 de junio de 2012

El Ratón Bohemio

Había una vez un ratón que vivía escondido entre los grandes recovecos de un enorme palisandro. Estaba muy orgulloso de su casa, del color rosado de la madera, de la fragancia dulce que despedían las raíces y, sobre todo, de lo fuerte e imponente que sonaba su voz dentro de las cavernas del frondoso árbol. Éste ratón nuestro amaba su casa y no estaba dispuesto a abandonarla ni por todo el oro ni por toda la plata del mundo.

Sin embargo, no siempre piden permiso los desalojadores. Un día, mientras el ratón dormía su siesta vespertina, llegaron los hombres con sus sierras enormes, y a punta de desconsiderados golpes ¡Chaz! ¡Chaz! Derribaron el hogar del joven ratón. El ratón, hibernando, no se dio cuenta de la tragedia y siguió durmiendo oculto en su recoveco, mientras los hombres cargaban los enormes troncones del palo de rosa en enormes camiones y se los llevaban lejos, muy lejos de su bosque y hacia terrenos desconocidos para él.

Cuando el ratón despertó, se encontró en un lugar que no conocía. No se parecía en nada al viejo bosque donde vivió con su palisandro. No, estaba en un mullido lecho de un material que nunca había visto. En lugar del bosque se encontró con un espacio pequeño, pero limpio. Un tanto oscuro pero lleno de superficies planas, de objetos brillantes y puntiagudos. Por un momento se asustó y creyó que había sido abducido por aliens. Entonces escuchó una voz, cascada y cansada que decía: "¿Ya te despertaste? Quédate en la pantufla, no te vaya yo a pisar".

La voz venía de un hombre anciano, con la piel ajada y surcada de arrugas. El ratón podía haberse asustado, pero en lugar de eso se sentía tranquilo. Tal vez fuera porque las arrugas del viejo el recordaban a las vetas de la madera de su antiguo hogar. Y, hablando de su hogar...

El ratón oteó en los alrededores, buscando algo que le indicara cómo regresar a su árbol. Su olfato lo guió sabiamente y caminó por la habitación, cuidándose de mantenerse en las orillas para que no lo pisaran, pero seguido de cerca por el viejo. Así, se encontró de pronto con su vieja casa.

Sin embargo, lo que vio lo aterrorizó: Lo único que quedaba de su antiguo y magnífico árbol eran pequeñas láminas de madera. ¡Era horrible! Eso no podía ser nunca más su casa.

El ratón se abrazó a la madera mutilada y lloró amargamente su desconsuelo. El viejo lo vio llorar y comprendió su pena. Discretamente se retiró, para dejarlo desahogarse.

El ratón lloró por horas y horas. Ahora se venía abajo su mundo, pues había perdido su hogar y su orgullo. Lloró y lloró hasta que lo venció el cansancio y quedó tendido, desmayado, sobre la madera de su vieja casa.

Cuando despertó, estaba de nuevo en la pantufla. El viejo le dijo, sin levantar la vista de lo que estaba haciendo: "Entiendo que estés triste y que perdiste tu casa. Quiero que seas mi huésped de ahora en adelante. Mi nombre es Saúl, seré tu protector y mi casa será siempre tu casa."

El ratón asomó la vista sobre el hombro del viejo, los ojos hinchados a causa del llanto, y lo que vio lo horrorizó aún más que lo que había visto: ¡el viejo llenaba de garabatos la madera de su casa! ¡La cortaba y lijaba!

El ratón, indignado, se fue sobre los dedos del viejo Saúl y lo comenzó a morder. El viejo lo dejó hacer, pues entendía que necesitaba comunicarle algo. El ratón descargó toda su rabia contra el viejo. ¿Cómo se atrevía a destrozar los últimos vestigios de lo que había sido su hogar? Pero poco a poco el ratón fue perdiendo fuerzas. Cuando no pudo morder más, el viejo Saúl se levantó y lo llevó hacia la pantufla, sacudiéndoselo con suavidad. Después, retomó sus herramientas y volvió a su trabajo. El ratón, indignado, se negó a volver a mirar al rostro del vejo Saúl. El viejo, sin inmutarse, le facilitaba alimento y lo acercaba a su pequeña estufa de leña cuando hacía mucho frío. Mientras tanto, seguía trabajando la madera de palo de rosa, dando forma a quién sabe qué cosa con el cadáver del árbol caído.

Llegó el calor y el ratón, con toda su indignación a cuestas, escapó de la casa del viejo. Anduvo por toda la sierra, admiró cascadas cantarinas, enormes plantas tropicales de semillas negras de fuerte aroma, conoció hombres y mujeres y de todos tuvo que esconderse apresuradamente para evitar que le mataran. Comprendió lo dura que es la vida de un ratón cuando no tiene un verdadero hogar al cual volver.

Finalmente, cansado y adolorido, sus pasos errabundos lo llevaron tiempo después de nuevo a la casa del viejo Saúl. Apenado pero aún molesto por lo que el viejo le había hecho a la que había sido su casa, no quiso entrar. Pero justo en el momento se abrió la puerta y asomó la cara del viejo.

"Pasa, por favor. No podía terminarla si no estabas tú aquí" le dijo el viejo, abriéndole paso franco a su hogar.

El ratón dudaba y no quiso entrar. El viejo, al verlo, lo levantó con la mano y el ratón, con el enojo aún en el alma, lo mordió de nuevo ferozmente. El viejo Saúl lo dejó hacer, sin intentar sacudírselo, y lo llevó de nuevo a la pantufla que para él había guardado. El ratón se sentó en la pantufla pero se negó a admirar lo que el viejo le mostraba.

No vio entonces que el viejo levantaba un objeto de madera con figura de mujer y lo sujetaba amorosamente entre sus brazos. No vio cómo, con todo cuidado, giraba y tiraba los plateados cabellos de la figura femenina que tenía entre sus brazos. No vio cómo colocaba con toda calma los dedos sobre los cabellos, cómo colocaba las manos sobre el vientre.

El ratón no levantó la vista sino hasta que llegó a él el primer dulce acorde proveniente del vientre de aquélla figura, arrancada de sus entrañas por las manos del viejo Saúl, que bailaban alegremente por sobre los cabellos, produciendo un milagro, un hermoso milagro de vida robado a los muertos despojos del dolor de su huésped: la música.

La canción pareció durar un siglo, toda una vida, y sin embargo cuando se fue al joven huésped le pareció que había sido sólo un instante, robado del largo bostezo de la eternidad. Y el ratón entendió, sin que él mismo supiera cómo, que ése instante había sido especialmente designado a él y sólo a él. Ya no sentía dolor alguno.

"¿Te gusta?" le dijo el viejo Saúl. "La llamo Victoria, porque es la victoria sobre la muerte de tu hogar, es la victoria de una promesa de vida y de música y canto."

El ratón lloraba de nuevo al ver la madera del palo de rosa conformada como la figura de ése milagro, de esa guitarra.

"Pero" dijo con un dejo de nostalgia el viejo Saúl "aún no está terminada. Necesito tu ayuda." Y le acercó una tapa con tinta. "Firma," le dijo "puesto que te fue arrebatado tu hogar para permitir el nacimiento de la guitarra Victoria, es justo que tú también reclames crédito por su paternidad. Fírmala"

El ratón entendió. Tomó tinta con sus diminutas patitas y marcó la huella de sus patas junto al nombre del viejo. El viejo miró la firma y sonrió satisfecho. Y su rostro parecía de nuevo como hecho de madera, de madera centenaria de un gran árbol en medio de la sierra.

El ratón no se volvió a ir. Se quedó a vivir con el viejo y haciéndole compañía a él y a su guitarra. El viejo cantaba fuerte con su voz ardiente, cansada de tanto andar. El ratón los escuchaba a él y a su guitarra. Se quedó con ellos aún después que la voz del viejo fue acallada por el paso del tiempo. Entonces el ratón reclamó como su hogar de nuevo la madera de su árbol y se retiró a dormir y a vivir al interior de la guitarra, a dormir en el vientre de ella esperando que llegara otro más que reclamara el milagro de la música.




EPÍLOGO
"¿Entonces, puedo quedarme con la guitarra de mi abuelo? ¿De verdad? Él decía que su guitarra era un milagro. Yo creo que mi abuelo era un poco raro. Pero está bien, yo soy un poco raro también. Es comprensible, porque él era así y yo soy como él. Él era un viejo juglar, y así quiero ser yo."
El ratón salió de su sueño al sentir que alguien levantaba la vieja guitarra. Se asomó por el vientre de ella. Miró a su nuevo amo, al heredero del juglar. No, la cara no era igual, en realidad apenas se parecía. Se decepcionó un poco. Pero entonces miró los ojos del muchacho... y en esos ojos brillaba el milagro musical que alimentó al viejo Saúl. El ratón comprendió que había llegado su momento de nuevo. Sonrió.

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