miércoles, 5 de marzo de 2008

...


Mi primer ensayo en Investigación con el compañedo Maciel. No es que esté
orgullosa de él, pero hace un rato que no subo, hay que desquitar el espacio
virtual.


1. Explica desde tus propias palabras qué es la vida y qué te representa como joven universitario.

Un cuento por un idiota contado, sin sentido ni razón y sin ningún significado.
W. Shakespeare MacBeth


¿Qué es la vida? ¿Acaso hay una respuesta a esta pregunta? Yo no creo tenerla. Generalmente, cuando me paro a pensar en eso, me digo que es la clase de cosas que sólo se comprenden cuando uno muere… si acaso se comprende. A veces me digo también que cuando me pongo a pensar en la vida inevitablemente pienso en la muerte y es más bien… deprimente; entonces me digo que no quiero pensar en eso, que para qué pensar en eso, que ¡por amor de Diosa[1]! Tengo diecinueve años, que si me llega la muerte ahora apenas y empiezo a conocer lo que es la vida, por lo que en realidad no me dolería dejarla… o tal vez sí.


Pero, dado que esta respuesta me parece incompleta después de leerla y releerla, me vuelvo a preguntar ¿qué es la vida? ¿Es una clase de aliento? ¿Es abrir los ojos en la mañana y respirar y pensar ‘no me quiero levantar’ y de todas maneras levantarme? Puede ser ¿Es estar recostado en la noche y ver pasar frente a tus ojos las imágenes del día, escuchar las palabras, oler a las personas e irse perdiendo en los recuerdos hasta que por fin gana el sueño? También puede ser ¿Qué más?

¿Qué es mi vida? Me respondo que no lo sé. Una serie de actividades que a veces tengo que hacer y que a veces quiero hacer… Una clase de dos horas, otra clase de dos horas, ir a mi casa, dormirme en el camión, hacer la tarea (cuando la hago), ensayar para la siguiente función. Qué triste, ¿no? Reducir una existencia a una lista de labores.

El asunto es que me parece difícil describir mi vida simplemente en palabras… qué tan sencillo es poner en palabras algo que apenas puedes concebir. ¿Cómo defines la vida cuando es lo único que conoces? ¿O acaso alguien recuerda lo que fue antes de vivir? ¿Acaso alguien sabe lo que pasa después? (Bueno, aunque lo supiera es difícil darlo a conocer) Sin parámetros con qué comparar, ¿cómo definirla, cómo mesurarla? Creo que en realidad no he dado ninguna respuesta.


[1] Sí, sé que dice Diosa, y es totalmente deliberado.

jueves, 28 de febrero de 2008

A propósito de Truman Capote

Al sur del Distrito Federal, específicamente en la delegación Tlalpan, se encuentra la Colonia Toriello Guerra, y en el número 186 de la calle Cuitláhuac se encuentra la casa que hasta el año 2002 ocupó la familia integrada por el matrimonio de Ricardo Narezo Benavides (50) y Diana Loyola Bautista (46), y sus hijos Ricardo (20), Andrea (13) y Diana (10). En la casa trabajaban como empleadas domésticas Cecilia de los Ángeles Pacheco (17) y Margarita Cortés (25).
La noche del 15 de noviembre de ese año llegaron a la casa de la familia Narezo Loyola dos individuos. Las versiones difieren en este punto: una dice que ambos llevaban la cara cubierta con máscara de luchador, la otra dice que sólo uno de los atacantes; el hecho es que dos hombres entraron a la casa. Cinco horas y media después de haber ingresado a la vivienda de los Narezo Loyola ambos delincuentes la abandonaron en un automóvil robado a la familia, llevando consigo tarjetas de crédito, dinero en efectivo y la factura "endosada" del coche para poder venderlo. Dentro de la casa quedaron los cuerpos de los cinco integrantes de la familia y las dos empleadas domésticas.
El joven Juan Pablo Quintana, a quien los victimarios creyeron muerto, sobrevivió al disparo que recibió en la cabeza. Varias horas más tarde, mal herido, el joven logró salir de la casa y pedir ayuda. Su declaración ayudó a identificar a uno de los criminales: Orlando Magaña, quien vivía en la misma calle que la familia asesinada.
La búsqueda de Magaña ocupó la atención de la policía y de los medios durante los días que siguieron, hasta su aprehensión el sábado 30 de noviembre de ese año. Tras su detención, Magaña declaró que su cómplice era un sujeto de entre 23 y 24 años llamado Jorge Esteban o Esteva. Tras tomar la declaración de Magaña, la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal reconstruyó la noche del multi-homicidio de la siguiente manera:
“Magaña Dorantes y Esteban o Esteva llegaron a la casa de los Narezo a las siete de la noche del 15 de noviembre con la intención de robar, ya que suponían que sólo se encontraban las dos trabajadoras domésticas. Jorge tocó el timbre de la casa y como las muchachas lo conocían le abrieron la puerta, pues les dijo que iba a entregar unas refacciones al señor Narezo Benavides; pero con él entró Magaña Dorantes, quien se cubrió la cabeza con una máscara de luchador.
Iban a sacar lo que querían y se retiraban, pero finalmente no se pudo porque llegaron más ocupantes de la casa y (Magaña Dorantes) se ve descubierto cuando alguien de la familia (Ricardo Narezo Loyola, hijo mayor de la familia y amigo suyo desde hacía diez años) le quita la máscara y le dice: Orlando, ¿qué haces aquí?
Frustrados sus planes originales, los ladrones sometieron al joven Ricardo, a sus padres y a su hermana Diana, de diez años, a las dos empleadas y al amigo de Ricardo, Juan Pablo Quintana -sobreviviente del crimen-, pero como faltaba la otra hija de la familia, Andrea; decidieron que uno de los dos la recogería de la casa que visitaba junto con su hermano mayor. Todo para evitar más testigos, pues Andrea regresaría a su casa con dos amigas más y evidentemente iban a percibir que algo sucedía en la casa” (La Jornada. Lunes 2 de diciembre de 2002)
Una vez que Magaña y su cómplice sometieron a la familia, obligaron al padre a que les entregara la factura del automóvil, misma que el señor Narezo Benavides tuvo que ir a buscar a un taller mecánico que tenía en la colonia Insurgentes Mixcoac. Con la factura en su poder, los ladrones decidieron asesinar a los testigos.
“Antes de la medianoche, habían sido asesinados Ricardo Narezo Benavides y su esposa Diana Loyola Bautista, así como sus hijos Ricardo Jesús, Andrea y Diana Narezo Loyola. También fueron victimadas Cecilia de los Ángeles Pacheco y Margarita Cortés, que trabajaban con la familia” (La Crónica. 14 de noviembre de 2004)
Trascendió que Magaña Dorantes fue detenido en Iztapalapa donde permanecía escondido en casa de un pariente y pretendía salir a Morelos, estado al que viajó días después del crimen. En cuanto a su cómplice, hasta la fecha no se sabe con certeza qué fue de él. A comienzos de 2003 se informó que Esteva podía haber sido asesinado por Magaña y que su cadáver había sido localizado, calcinado, en Amecameca. Sin embargo no se podía asegurar que los rasgos del retrato hablado que proporcionó Juan Pablo Quintana fueran los de ese cuerpo. Se comparó el ADN del cadáver con el que se identificó en una colilla de cigarro encontrada en la casa de la familia Narezo pero los resultados fueron negativos.

lunes, 21 de enero de 2008

Sangre en la Luna

Dicen que cuando la luna se ve roja al salir, alguien va a morir esa noche. No es que yo lo creyera, en realidad me es difícil creer en muchas cosas. Por eso me reí tan cínicamente aquella vez que, tomando un café, Serena me dijo casualmente mientras miraba el cielo:
“Dicen que cuando la luna se ve roja al salir es porque alguien va a morir esa noche.”
Al principio no lo tomé en serio, pero al ver que ella parecía esperar una respuesta, no pude evitar soltar la carcajada. Es obvio que no era la reacción que esperaba: sus mejillas se colorearon de enojo y estuvo a punto de vaciarme el café caliente encima, pero mi teléfono sonó y se contuvo para poder gritarme a su antojo cuando colgara. No llegó a hacerlo, y su enojo se desvaneció al ver la expresión de mi cara; la llamada era de mi secretaria, mi socio se había accidentado; estaba estable pero decidí ir al hospital. Me levanté para irme y alcancé a escuchar la voz de Serena:
“En realidad yo no lo sé... eso dicen.”
Al llegar al hospital las noticias eran tranquilizadoras, él parecía estar bien pero lo iban a tener al menos toda la noche en observación. No había nada qué hacer ahí y decidí irme a casa, pero en la puerta de hospital me detuve unos segundos y no pude resistirme el mirar hacia el cielo, hacia la luna que ahora brillaba plateada sobre la ciudad. A pesar de lo que los médicos habían dicho, no pude evitar un escalofrío al pensar en las palabras de Serena. Esa extraña sensación estuvo conmigo en el camino a mi casa, aún cuando me acosté por fin a dormir... sólo para despertar un par de horas después por el timbre del teléfono: mi socio acababa de morir. No supe ni qué contesté en ése momento, sólo recuerdo que pasé el resto de la noche, hasta el amanecer, junto a la ventana, mirando la luna roja a través del cristal.

Un par de años después, Serena y yo salíamos de un restaurante. Mientras buscaba algo en su bolsa, Serena volteó hacia el cielo y, en un tono casual, dijo:
“Dicen que cuando la luna se ve roja al salir es porque alguien va a morir esa noche.”
No sé porqué lo dijo en ese momento, y con las mismas palabras que la primera vez, pero en esta ocasión no me causaron gracia en absoluto. Miré hacia arriba: la luna brillaba roja por entre las negras nubes, un efecto un tanto escalofriante. Claro, yo había aceptado (más bien me había convencido) que la muerte de mi socio un par de años atrás había sido sólo una coincidencia, aunque una muy desagradable; cosas que pasan. Pero esta vez, aún por irracional que sonara, las mismas palabras a la luz de la luna roja me llenaron de un temor inexplicable. Supongo que Serena lo notó, porque se apresuró a decir:
“Perdón, no quería asustarte pero, bueno, es que eso dicen.”
Pasé las horas más interminables de mi vida, pensando que la última vez alguien sí había muerto, pero conforme pasaban las horas y la luna comenzó a alzarse brillante y plateada sobre la ciudad, el temor se fue desvaneciendo... hasta que llegué a mi casa. Había toda una multitud de curiosos en torno a la puerta y, al acercarme, un policía preguntó si era mi casa. Sentí que me faltaba el aliento, así que sólo asentí. “¿Mi esposo?” alcancé a preguntar en un murmullo. El policía no contestó, pero me abrió camino hacia el interior de la casa, hasta que un paramédico se acercó y, sin mirarme a los ojos, dijo: “Hicimos lo que pudimos. Lo siento.” El resto es una escena borrosa. Recuerdo que regresé al jardín y pasé un momento (o pudieron haber sido horas) mirando la roja luna que brillaba en el cielo.

Después del funeral llevé a Serena a su casa. Mis nervios no habían estado muy bien, pero esa noche me sentí extrañamente en calma, como si todo a mi alrededor fuera una película a la que yo sólo asistía como público. El viento soplaba húmedo y frío, y la noche era oscura por las pesadas nubes que cubrían el cielo.
“¡Qué nochecita!” comenté roncamente al llegar frente a la casa de Serena. Ella volteó al cielo y dijo:
“Sí, ni siquiera ha asomado la luna. ¿Sabes? Dicen que cuando la luna se ve roja al salir...”
“...alguien va a morir esa noche.” completé. Algo en mi voz debió alarmarla, pues volteó a verme con los ojos desencajados y la cara pálida, pero antes de que pudiera reaccionar, ya me había bajado del carro. Abrí la puerta y la saqué a jalones, la llevé hasta su casa como pude (no recuerdo muy bien todo lo que hice) y, una vez adentro, la maté. Salí de mi casa con calma, con el mismo sentimiento de irrealidad que tenía cuando llegué. Lanzando una última mirada al cadáver de Serena, dije:
“Yo, en realidad, no lo creo, pero eso dicen.” Y volteé hacia el cielo, observando cómo la luna, que acababa de salir de atrás de una nube, se iba tiñendo del rojo color de la sangre.


Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.