miércoles, 7 de abril de 2010

No fui tan ingenua para buscarlo debajo de la cama, ¿qué haría ahí? Tampoco voltee los cajones ni vacié las cajas. Hubiera sido perder el tiempo, sabía que ahí no lo vería. Ah, pero este era el problema precisamente, que quería verlo, lo necesitaba y no tenía idea de dónde buscarlo. Porque el que busca encuentra, el problema casi siempre reside en saber dónde buscar.

Lo busqué en la montaña más alta y el valle más profundo, en el río más veloz y el desierto más solitario, en el magnífico mar y la ciudad más bulliciosa. No lo vi en ningún lado. Indagué entre los más ricos y los más miserables, los despreocupados jóvenes y los achacosos viejos, entre los valientes y los cohibidos, los ignorantes y los letrados, entre los que cantan, los que ríen, los que aman y aún los que interpretan. Nadie supo decirme cómo era. Recorrí los templos, las ruinas, los rituales, entré en el sueño y el trance de los alcoholes, los opiáceos, la meditación, el ayuno... y todo para nada.

Y el vacío que apareció en mi alma la primera vez que me sentí huérfana de Él se hizo inmenso y tan fuerte que creí asfixiarme. Y corriendo bajo la tormenta, las lágrimas bajando por las mejillas, grité al oscuro e intratable cielo todo el dolor de mi soledad, toda la pena de mi ignorancia, el cansancio de mi búsqueda, el vacío.
“¿Dónde estás?” le grité “¿Por qué no puedo verte?”
Y sentí el golpe del rayo antes de escuchar su tronar, vi una luz blanquísima y cegadora y después caí en la negrura y la paz. ¿Estoy muerta? Debe ser la muerte esta paz que siento. Que me quede así, que no sienta la electricidad corriendo por mis extremidades, quemándome; que no sienta el dolor que vendrá de mi cuerpo herido, que no recuerde nada, que me pierda en el vacío inmenso del olvido y la muerte.
Pero no, no podía ser tan fácil. Ya siento el dolor hasta en la punta de los dedos, un dolor tan agudo y horrible que quiero gritar hasta quedarme sin voz, pero estoy tan débil... no creo que tenga fuerzas para gritar. Y siento que me levantan, me llevan en una camilla, en una ambulancia y alguien murmura: “No puedo creer que siga viva” Yo tampoco. Debería estar muerta, ¿por qué no estoy muerta?
Y de repente todo a mi alrededor se nubla y el dolor disminuye un poco. Puedo pensar más claramente. Escucho una música como nunca antes había oído, que parece venir de todos lados intensa pero suave (si es que ambos conceptos pueden ir juntos) y me esfuerzo por escucharla atentamente, de localizar el punto en el que se origina, pero no puedo; es como si me envolviera y, al mismo tiempo, como si viniera de lejos. Y yo la conozco, aunque nunca antes la había escuchado. Y entonces entiendo: ésa música viene de mi corazón y, a la vez, viene de otra parte, como la luz de una hoguera que en medio de la noche puede alumbrar todo un bosque. Y envuelta en esta música me siento segura y en paz. Pero esto no es la muerte, ¿qué es entonces?
“Soy yo” parece decirme la música “siempre he estado aquí pero tú no te diste cuenta, no quisiste darte cuenta”
“Pero, ¿cómo?”
“Estoy en ti como siempre he estado y he permanecido alrededor de ti aunque tú no hayas querido verme”
Y yo recordé a aquél amigo que antes ya me había dicho eso: “Él está en ti y tú en Él, eres parte de Él como Él de ti. Él vive en tu corazón y te ama como nadie. No hace falta que lo veas, basta que lo escuches.”
“Sí” me dijo Él “y yo estuve ahí en ese momento, y no quisiste escucharme. Podrías haberme visto si hubieras observado bien.
“Estuve en el atardecer de la montaña, en las flores del valle, en el agua del río, en la soledad del desierto, en la brisa del mar y aún en la salvaje ciudad. Estuve en el bienestar de los ricos y en la esperanza de los pobres, en el entusiasmo de los jóvenes y la calma de los ancianos, en la audacia de los valientes y la prudencia de los cohibidos, en las carencias de los ignorantes y las palabras elegantes de los letrados, en las voces, en las risas y aún en los escenarios.
“Pero nunca ha hecho falta que dieras la vuelta al mundo para buscarme porque siempre me has llevado contigo y nunca me he separado de ti.”
Y entonces lo comprendí. Supe que era cierto, que él había estado en toda la belleza que pude ver y también en los horrores que llegué a contemplar. Yo lo había visto en esa madre que cuidaba con amor de sus hijos, en los esposos que se alegraban de amanecer juntos, en el que daba la mano para levantarse al caído, en el que sonreía a un desconocido en la calle. Y supe también que con cada nuevo amanecer Él me lo había dicho, que Él siempre me había hablado: “Aquí estoy y te amo”.
“Oh, Dios mío, ¿qué será de mí ahora?” pregunté llorando al comprenderlo todo “¿Me llevarás adonde estás? ¿Iré a tu lado?”
“Aún no” dijo “no es tu tiempo. Recuerda lo que has comprendido hoy y vuelve para prestar atención a todo lo que te doy cada nuevo día. Regresa cuando yo te llame y escúchame siempre.”
Y el dolor se hizo más intenso, y antes de volver vislumbré la luz más cegadora que jamás había visto, la visión más magnífica, tal como jamás podrá ser descrita. Y escuché de nuevo desde mi corazón: “Aquí estoy y te amo”.
Desperté llorando en la cama del hospital.


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